Nos gusta engañarnos a nosotres mismes, pues somos más felices en la ignorancia del mal causado y recibido.
Creemos que sufrir es una opción, cuando en realidad no hacemos otra cosa. Sufrimos... y gozamos creyendo que ya nunca más sufriremos en el momento en que aún gozamos.
Si el insomnio me permitiera acercarme a un sueño profundo, tal vez reparador, me envolvería en nubes de azúcar vaporoso y jugaría con sus esquirlas pequeñas y dulces hasta que la luz del día me abriera los párpados con suavidad a través de las pestañas.
Sin embargo, aquí sigo, preguntándome cuál es el sentido del tormento de la noche que se cierne sobre mi cabeza sin otorgarme descanso alguno, fatigando mis últimas fuerzas en un mar de sinsentidos confusos y recurrentes.
¿Quién he sido y quién seré? ¿Qué quiero ver reflejado en el espejo?
¿Cuál es mi camino?
Siempre que creo que podría estar algo más cerca de la respuesta, entonces es cuando la dormidera surte efecto y anula su olor todas mis percepciones.
Quizá un pequeño cambio sea suficiente para enderezar la veleta en favor de la esperanza y el anhelo de días mejores.
Hasta hallarlo, seguiré escribiendo en pos de tan lejana perspectiva.