La lluvia acariciaba suavemente, casi con ternura, su brazo desnudo, alargado fuera de la ventana.
Hasta entonces, apenas había prestado atención cuando llovía. El sonido era relajante y el aire parecía limpiarse al fin de tantos ruidos urbanos, cierto. Pero en esa ocasión, las gotas de agua habían llamado a su ventana y la habían urgido a abrirla para saludar.
La sensación de la lluvia, refrescante sobre su piel, parecía nueva en todos los sentidos. A pesar de haber paseado mil veces bajo la lluvia cuando una tormenta de verano la había sorprendido en chanclas, o incluso cuando en tantas ocasiones había obviado el parte del tiempo... Ahora la percibía como si fuera este su primer encuentro. Su primera vez.
No quería que aquel momento, tan íntimo, tal vez absurdo para quien pudiera distinguirla desde la calle -sola, con el brazo extendido para rozar el agua que calmaba su sed de forma única-; terminara nunca. Comprendió que el agua, y no el aire, se convertía entonces en su elemento natural.
Simplemente, estaba, en ese mismo instante, rozando la libertad con la punta de los dedos.
PD: me habría gustado compartirlo antes, pero estaba esperando a que fuera acompañado de una ilustración maravillosa (que llegará); como al final no sé cuándo será y parece que esta etapa ya está llegando a su fin, quería compartirlo de todas formas.