Y, de repente, te chocas. Y duele lo que ves a través del cristal, con la nariz aplastada, sin poder respirar. Duele tener que abrir la puerta cuando siempre habías creído que ya estabas fuera, que jamás habías tenido que salir de ningún sitio. Ahora, hace frío y, poco a poco, alargo la mano hacia el pomo, aunque la nieve me pueda arrastrar consigo.
Al fin siento la energía que fluye desde el otro lado. Y solamente quiero fundirme con ella en un abrazo.