domingo, 22 de diciembre de 2019

Pajarillo

Entonces, le dio el último bocado. Lo había preparado de manera que el ácido del ajo quedara disimulado y no se le saltaran las lágrimas. Dijo que le vendría bien para la garganta. 

Él y sus remedios caseros para todo.

Le dio cada pedazo directamente en la boca, como si estuviera alimentando a un pajarillo desvalido, incapaz de cantar. Lo hizo con tal cariño y delicadeza... casi acariciando sus labios con los dedos, deseando su bienestar; la mirada preocupada y fija en su rostro.

Al día siguiente, él se había ido. Se había esfumado de su vida como un fantasma del pasado; tal vez lo fuera en realidad.

Sin embargo, ella, a pesar de su partida, recuperó la voz. Y decidió no volver a perderla.

(Publicado en Facebook el 18 de febrero de 2017).

sábado, 21 de diciembre de 2019

Un tren

Un tren a cualquier lugar en cualquier momento. Adonde me lleve el viento. 

Con un equipaje ligero y botas de montaña; ya encontraré agua y mi sustento.

Y un libreto interminable, y tinta inagotable para plasmar todo aquello que entiendo. Para desenredar todo lo que aún no comprendo. 

Respirar agua y beber aire fresco. Caminar con las manos llenas de sueños.

Mirar al cielo y sentir que muero, no con dolor, no con miedo. Renacer del fuego; vivir de día, y de noche seguir despierto. 

Confundir el otoño con el invierno, el hecho con el pensamiento, curarme el duelo. 

Y regresar a cualquier lugar, en cualquier momento sin ningún tipo de freno. Eso quiero.

(Publicado en Facebook el 1 de febrero de 2017).

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Desvío

Continúas tu camino como si jamás te hubieras cruzado en el mío. Como si no le hubieras dado la vuelta, como si no hubieras cambiado cruelmente la señal de mi destino. Impávido. Frío. Sigues un propósito, un objetivo. Vas dejando cadáveres emocionales ahogados en el río. A punto estuve yo de hundirme, pero de pronto comprendí que podía respirar y que solo nadar en cualquier dirección podría salvarme de morir como al resto, en busca de un motivo. 

Ahora me asusto cuando escucho la primavera y huelo abejas que llevan el polen adonde les place. Ahora la miel se agria en mis labios. Ahora el placer no es para tanto, o no se merece, o no me pertenece, o no tengo la llave.
Oh, cómo quisiera haberte evitado... Haberme perdido antes de compartir viaje.

Cuestión de perspectiva

Supongo que decidí perderte. 
En realidad no sé si fue idea mía o me lo sugirió el insomnio. Noches en vela y días eternos contando pesadillas. Una, ninguna, cienmil...

Creo que en el fondo decidí alejarte.
Apartarme de lo malo, lo que duele, lo que asfixia, lo que viola. Lo que apaga la luz cuando tengo miedo de los monstruos en las sombras. 
Lo que me quita el sueño, me atormenta, me retuerce las ganas y las tira por el desagüe. 

Tal vez solo quise ganarme. Recuperar mi valía, si es que alguna vez existió; ya no me acuerdo. Recordar cómo era, qué quería, qué me importaba y me hacía ser persona. Lo que me llenaba, lo que me inspiraba, lo que me sacaba brillo (a los ojos). 
Devolver su aguijón a mi lengua, su fuerza a mis dientes y su hambre a mis tripas. 

Seguramente pretendía curarme, pero tener que olvidarte sigue siendo la peor de las torturas. Aún espero aprender a dejarte atrás, y a quererme más, y a entender por qué el dolor no me ha hecho más fuerte todavía. 

Sigo luchando conmigo misma cuando en verdad debería luchar por mí. 

jueves, 7 de marzo de 2019

La salida

Lo admito. Me duele todavía. Pueden pasar meses hasta que vuelvo a recordar aquella desilusión, aquel traspié...aquella incertidumbre que un día me carcomía por dentro, el dolor que convivió conmigo durante años; invisible a ciertos ojos, pero extenuante y continuo. Una gota de agua cayendo repetidamente sobre un muro de granito acaba dejando huella, y cuanto más tiempo se ignora, más hondo cava su fosa.

Así ocurrió, la pequeña hendidura en la roca se convirtió en un mediano agujero y más tarde en un gran pozo sin luz, donde ni yo ni nadie que me quisiera podía encontrarme. Por más que intentaba salir, permanecía a ciegas, tentando la pared, creyendo sentir con la yema de los dedos algún saliente inesperado por el que poder trepar, del que resbalaría al momento. Y vuelta a empezar. La rugosidad de las paredes me hería los tobillos de cuando en vez, aunque al final resultaba ser la guía más fiel que podría haber tenido.

Hace no mucho empecé a soñar que una semilla había caído en el surco por azar, y el viento la iba cubriendo de polvo y barro. Con el tiempo, la semilla germinaba y nacía un árbol nuevo. Entonces yo me aferraba a su aún diminuto tallo y me impulsaba hacia la salida de la gruta, con el brazo extendido hacia el Sol. No tenía nada que perder, solo algo por lo que luchar: mi vida, mi libertad.

Desperté abruptamente. Me retorcí entumecida en el suelo pedregoso de mi dura habitación, pero para mi sorpresa, me encontraba un poco más cerca de la superficie.

Sé que el camino que me espera está repleto de esfuerzo y paciencia, sin embargo, no dudo que conseguiré agarrarme al borde del abismo y propulsarme fuera de la oscuridad. Cada intento, cada día un poco más arriba, aunque siga doliendo (aunque probablemente, de alguna manera, lo seguirá haciendo).