La hermosa soledad se presentaba ante mi puerta cada vez con mayor frecuencia, vestida con una liviana capa de fingida timidez.
Siempre que rozaba con los nudillos la madera, mis sentidos se alertaban. Me hacía erguir la cabeza, cerrar los puños; erizaba todos y cada uno de los vellos de mi piel.
Sentía su gélido aliento en la nuca, como el soplo mortecino de un inminente final.
Las yemas de sus dedos, de textura pétrea, comenzaban a recorrer mi espalda, maltratándola sin reparo alguno.
La línea de aquella boca tan perfecta se curvaba hacia arriba en una de las comisuras, acentuando la inquietante contradicción entre esta macabra sonrisa y la inexpresividad de su mirada, perdida en algún punto comprendido en el espacio de la oscura habitación.
Y mis labios no podían más que pronunciar cálidas palabras de bienvenida, rebosantes de agradecimiento, tratando de derretir parte del hielo de tan lacónico huésped.
A pesar del dolor de antiguas heridas de guerra, era capaz de amar a mi nueva compañera de largas madrugadas.
Y tanto llegué a amarla que, el día en que decidió no volver a mis brazos, terminé de perder el poco juicio del cual ya apenas disponía.
Olvidé la vida.
Olvidé el placer.
Olvidé el sufrimiento.
Olvidé el placer.
Olvidé el sufrimiento.
Y recordé la muerte.
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