Entonces, le dio el último bocado. Lo había preparado de manera que el ácido del ajo quedara disimulado y no se le saltaran las lágrimas. Dijo que le vendría bien para la garganta.
Él y sus remedios caseros para todo.
Le dio cada pedazo directamente en la boca, como si estuviera alimentando a un pajarillo desvalido, incapaz de cantar. Lo hizo con tal cariño y delicadeza... casi acariciando sus labios con los dedos, deseando su bienestar; la mirada preocupada y fija en su rostro.
Al día siguiente, él se había ido. Se había esfumado de su vida como un fantasma del pasado; tal vez lo fuera en realidad.
Sin embargo, ella, a pesar de su partida, recuperó la voz. Y decidió no volver a perderla.
(Publicado en Facebook el 18 de febrero de 2017).
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