Sigo buscando el equilibrio entre tus pechos y, aun así, no encuentro ningún punto de apoyo al que aferrarme.
Eres tan inestable como un huracán y así te llevas mis rencores con cada llanto.
A veces pienso en alejarme para no verme arrastrada por la marea, pero qué sentido tendría mi vida si no necesitara los brazos y las piernas para defenderme en las aguas turbulentas de tu profundo mirar.
Cuando me sumerjo en el abismal color negro de tus ojos no es a ti a quien veo, sino a mí reflejada en su natural brillo.
Es en él donde me encuentro.
Es tu espalda mi escudo en la batalla y tu lengua la que me ataca sin piedad.
Son tus curvas sinuosas las que me pierden. Y aún sigo buscando el final de tus pestañas y el principio de las mías.
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