Muches hemos crecido pensando que nuestro máximo objetivo en la vida era encontrar una pareja y formar una familia. Tal vez vivir en una casita alejada del ruido urbano, con un perro o algún que otro animal. Imaginábamos un futuro sencillo y feliz, al lado de alguien que nos quisiera de manera incondicional.
Con el tiempo, une descubre que todas las ideas que nos han metido en la cabeza (o al menos la mayor parte) no se dan en la realidad. Llegado el momento, las herramientas que creíamos eficaces para enfrentarnos al día a día y a nuestros retos no funcionan. Y es entonces cuando cae la venda de los ojos, antes ajenos al verdadero color del desengaño.
Es entonces cuando aprendemos a vivir mejor, a ser más fuertes y a proteger nuestros intereses. Es entonces cuando descubrimos que solo existe una persona fundamental en nuestra vida: nosotres mismes. Y que estamos destinades a permanecer con ella hasta el final de los tiempos. Nuestra tarea es hacerla crecer y madurar, enseñarle a sortear los obstáculos enfrentándola a ellos. Cuidarla con un cariño que roce la idolatría. Escucharla cuando más lo necesite. En definitiva, buscar su bienestar.
Esta tarea puede no resultar amena siempre, sin embargo, a largo plazo no existe obra más placentera que observar cómo une misme se ha labrado el futuro a través de un presente que siempre le ha pertenecido. Brindo por esa persona cuya importancia nos cuesta tanto aceptar y que se merece ser feliz por sí misma. Esta es su auténtica meta y no otra.
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