¿No es la soledad intelectual una de las sensaciones más tristes y desesperanzadoras que existen? Querer comunicar algo y no saber a quién por temor a la incomprensión, al rechazo o a la ignorancia completa, a ese "ok" dicho con el silencio y no con las teclas. A esa cerrazón de oídos, pero sobre todo de mente.
De alma.
Ya no me refiero a la posibilidad de disfrutar de la soledad por voluntad propia, pero ¿y cuando queremos compañía que nos escuche, que nos hable y no sabemos si en realidad podremos tenerla? Y ese dolor cercano al de la traición cuando al que creíamos comprender no nos comprende a nosotres ni trata siquiera de conseguirlo...
No queda amor en nuestras cabezas ni ganas de restablecerlo en algún hueco. Nos negamos a entender quejándonos de no ser entendidas y al final el círculo permanece cerrado.
Mientras no nos abramos a entender a otras todas seguiremos igual de herméticas e incomprendidas. Lógico, ¿no?
Pero qué miedo da abrirse cuando se teme que la otra no lo haga. O peor aún, qué miedo da no ser capaces de abrirnos a personas que sí lo harían.
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