viernes, 24 de marzo de 2017

Los restos

No sabría explicar qué es el arte. 

Tal vez lo describiría como todo aquello que nos brota del alma y que se materializa en el papel, la vibración o simplemente un destello fugaz en la mirada de alguien al conmoverse, al excitarse, al descubrir algo nuevo de sí misma.

A veces siento que este amor que llamamos arte llena todos mis recovecos, que se filtra por los poros de mi piel como el sol pasa a través de las ramas de los árboles en otoño, a pequeños sorbos, constantes, pero intermitentes con la presencia de la brisa.

Otras, me transformo en un recipiente aparentemente pletórico de vida en la superficie, pero triste y vacío en su verdadero contenido. Un color sin textura, un árbol sin raíces, un amanecer sin estrella, sin sol.

La inspiración me abandona cuando la olvido y vuelve a mí cuando más la necesito, pero en el fondo tengo la certeza de que siempre me acompañará allá adonde vaya.

Decido seguir mi instinto y confiar en que en los momentos críticos sabrá encontrar el camino de vuelta a mis entrañas y a mis manos.

Oh, dulce tormento el de tu compañía. Me desgarras el corazón para convertirlo en aquello que tú deseas, sabes darle el valor que no merece, exprimes el calor de mi sangre para guarecerte de la sequía y del frío.

Cortante filo el de tu lengua perturbadora, se introduce sigilosa en mi oído por las noches para susurrarme canciones de amor jamás pronunciadas, que nunca serán fruto de mi consciencia.

Frustras mis esperanzas de un sueño reparador y placentero, me alborotas las ideas y las haces florecer, sin anestesia, abriéndose paso a través de mis tejidos, rasgando cualquier coraza de piel o de hierro.

Desesperada, me llamas a tu vera si tienes sed de venganza, hambre de odio, hartura de melancolía. Y canalizas tu ira como si yo solamente fuera un filtro de café, gota a gota consumes todo aquello que puedes arrastrar en tu delirante ataque contra el mundo y su existencia.

Soy una pluma a tu merced, un mero instrumento al que necesitas y que a su vez (de)pende de tus exigencias. Tu abrazo es todo lo que tengo cuando ya no tengo nada a lo que aferrarme. Y tú me asfixias con palabras dolorosamente necesarias.

Y me torturas con la incapacidad de terminar nada que haya comenzado. Tal vez sea tu forma de demostrar el poder que en verdad tienes sobre mí, y que no te cansarás de ejercer hasta el día en que tu inquietud insaciable me haya extinguido por completo.

Entonces, mis cenizas flotarán sobre el agua de un río cuya corriente no tenga fin.

Alargando la agonía del maldito te alimentas de sus lágrimas amargas y frustradas hasta que ya no queda nada.

Nada.

Eso es el arte. Los restos de vida de un pobre condenado.

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