jueves, 7 de marzo de 2019

La salida

Lo admito. Me duele todavía. Pueden pasar meses hasta que vuelvo a recordar aquella desilusión, aquel traspié...aquella incertidumbre que un día me carcomía por dentro, el dolor que convivió conmigo durante años; invisible a ciertos ojos, pero extenuante y continuo. Una gota de agua cayendo repetidamente sobre un muro de granito acaba dejando huella, y cuanto más tiempo se ignora, más hondo cava su fosa.

Así ocurrió, la pequeña hendidura en la roca se convirtió en un mediano agujero y más tarde en un gran pozo sin luz, donde ni yo ni nadie que me quisiera podía encontrarme. Por más que intentaba salir, permanecía a ciegas, tentando la pared, creyendo sentir con la yema de los dedos algún saliente inesperado por el que poder trepar, del que resbalaría al momento. Y vuelta a empezar. La rugosidad de las paredes me hería los tobillos de cuando en vez, aunque al final resultaba ser la guía más fiel que podría haber tenido.

Hace no mucho empecé a soñar que una semilla había caído en el surco por azar, y el viento la iba cubriendo de polvo y barro. Con el tiempo, la semilla germinaba y nacía un árbol nuevo. Entonces yo me aferraba a su aún diminuto tallo y me impulsaba hacia la salida de la gruta, con el brazo extendido hacia el Sol. No tenía nada que perder, solo algo por lo que luchar: mi vida, mi libertad.

Desperté abruptamente. Me retorcí entumecida en el suelo pedregoso de mi dura habitación, pero para mi sorpresa, me encontraba un poco más cerca de la superficie.

Sé que el camino que me espera está repleto de esfuerzo y paciencia, sin embargo, no dudo que conseguiré agarrarme al borde del abismo y propulsarme fuera de la oscuridad. Cada intento, cada día un poco más arriba, aunque siga doliendo (aunque probablemente, de alguna manera, lo seguirá haciendo).

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